Brutal exposición publica de la disciplina política que impone el sistema feudal formoseño

DESTACADOS 04/01/2017 Por
El hecho se desencadenó a finales de diciembre, pero sus efectos son tan lapidarios que, lejos de perder actualidad, sólo reeditan el lamentable rol que cumplen los intendentes municipales. Aterrorizados por la figura del gobernador ante el cual tienen conductas políticas y sociales muy propias de los feudos de la Edad Media, no reparan en mentir públicamente ofreciendo actuaciones tan lamentables como tristes.

El anuncio de un bono de fin de año para empleados públicos, incluyendo a los municipales, obligó a los intendentes a pasar, nuevamente, por la humillación de tener que agradecer, desde la mesa oval del quinto piso, los escasos fondos prometidos para hacer frente al beneficio, como si directamente no existieran o, en el mejor de los casos, sólo formaran parte de una segunda clase.
Las imágenes de la televisión oficial mostraron a varios jefes comunales ofreciendo una suerte de agradecimiento, a través de un discurso que combinó brutalmente el sometimiento y la pleitesía personal. El escenario expuso el grado de indignidad al que es capaz el ser humano solo por mantener un exiguo espacio de poder político, muchas veces completamente a espaldas de la comunidad que dicen representar.
Voces resquebrajadas, tonos literalmente vencidos y expresiones faciales completamente entregadas eran una muestra cabal del tipo de relación que existe entre el gobernador Insfran y los intendentes municipales; una exacta muestra del sistema feudal que se impone en la provincia más empobrecida del país.
Mientras, Insfran permanecía sentado, con la mirada perdida hacia abajo, aunque sólo la levantaba para exponer un tibio agradecimiento que no jamás alcanzó para disipar la dura tensión del momento.

VERGONZOSA LEALTAD
El sistema feudal fue un procedimiento de tenencia de la tierra y servicio personal que se generalizó en la mayor parte de Europa, si bien sus formas específicas variaron mucho de un país a otro y, de un siglo a otro.
El acto mediante el cual una persona se convertía en vasallo y recibía un feudo era solemne, lleno de colorido.
El vasallo debía prestar el homenaje: se arrodillaba, con la cabeza descubierta y sin armas, y colocaba sus manos juntas entre las manos del señor. Luego decía: "Señor, yo seré vuestro hombre".
Al homenaje seguía la fe, el juramento de fidelidad que se prestaba poniendo el vasallo sus manos sobre las Sagradas Escrituras o una reliquia. Luego seguía la investidura: el señor investía al vasallo del feudo y con este fin le entregaba un objeto simbólico, una rama o un terrón que representaba la tierra enfeudada.
Mediante el homenaje y la investidura se establecía un contrato que imponía obligaciones recíprocas.
El señor feudal debía al vasallo protección y mantención. El vasallo debía ayuda y consejo. La ayuda más importante era el servicio militar o servicio de hueste: el vasallo debía presentarse con armadura y caballo y debía mantenerse con sus propios medios. Como un señor poderoso tenía a muchos vasallos, el vasallaje le proporcionaba las fuerzas armadas necesarias para defender sus propiedades y las de sus vasallos y siervos.
Con el tiempo, el servicio militar quedó reducido a cuarenta días al año. El vasallo debía prestar ayuda pecuniaria: para pagar el rescate del señor que había caído prisionero, para dotar de armadura al hijo primogénito del señor que era armado caballero, para el matrimonio de la mayor, y para la partida del señor a Tierra Santa.
El servicio de consejo comprendía, ante todo, la asistencia al tribunal del señor.
Cualquier relación con la realidad aldeana no es mera casualidad. Tampoco para quien crea que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen.

Te puede interesar