Prisión perpetua para un hombre que asesinó a su pareja de un hachazo en la cabeza 

LOCALES 17/05/2017
La víctima padeció todo tipo de maltratos físicos y psicológicos durante su vida conyugal, hasta el día de su muerte a manos de su verdugo y pareja. Es un claro caso de femicidio

La Cámara Primera en lo Criminal de Formosa condenó a la pena de prisión perpetua a un hombre que mató a su pareja asestándole un hachazo en la cabeza la noche del 9 de febrero de 2015 durante un incidente ocurrido en la casa de pareja en la Colonia Ceibo Trece, de la localidad de Naickneck, en la zona norte de nuestra provincia.
Por el violento golpe recibido, la víctima, Andresa Mereles, sufrió un severo traumatismo cráneo y falleció diecisiete días después en el Hospital de Alta Complejidad de la ciudad de Formosa.
El autor material del demencial ataque, identificado como Rubén Aguirre, de 38 años de edad, fue detenido, procesado, llevado a juicio oral y, recientemente, condenado a la máxima pena prevista en el Código Penal Argentino, por el delito de homicidio doblemente calificado por el vínculo y por violencia de género.

LOS HECHOS
Quedó probado a lo largo del proceso judicial que el 9 de febrero de hace dos años cerca de las 23,30, el ahora condenado Rubén Aguirre se encontraba con su concubina Andresa Mereles, en el domicilio que ambos compartían en la Colonia Ceibo Trece de la Localidad de Laguna Naick-Neck. La pareja estaba sin otra compañía y yacía en el interior de la vivienda. En esas circunstancias y estando la mujer acostada en la cama, el hombre tomó un hacha y con la parte del contrafilo de la "cabeza" de la herramienta, descargó un violento golpe en la región temporo- occipital derecha de la mujer, que le causó la fractura y el hundimiento del cráneo con desplazamiento de masa cerebral y salida de masa encefálica por el conducto auditivo externo. Por la gravedad de las lesiones, la víctima quedó inmóvil e inconsciente en la misma cama de la habitación. Luego, Aguirre se dirigió hasta el domicilio de su madre, donde también vivía el hijo de la pareja, a quienes les manifestó: "algo le pasó a mi señora" para retirarse inmediatamente del lugar.
Minutos después, la mujer fue encontrada tendida en su cama acusando una grave herida en la cabeza, asistida en el Hospital de la Localidad de Laguna Naick-Neck, luego en el Hospital de Laguna Blanca, mas tarde en el Hospital Central de la Ciudad de Formosa y por último en el Hospital de Alta Complejidad local, donde falleció el 26 de febrero de 2015.
El trágico final que tuvo Andresa Mereles era previsible, y así lo expresaron los jueces que emitieron el fallo, Alberto Sala, María Laura Viviana Taboada y Lilian Isabel Fernández: “Culminaba de este modo la vida de una mujer que fuera objeto de constante sometimiento por medio de violencia física y psíquica por parte de su concubino y padre de sus hijos”.
La responsabilidad de Aguirre en el homicidio de su pareja quedó planamente probado por lo que manifestaron los testigos que fueron al lugar de los hechos y los dichos de la propia madre del condenado; los certificados médicos que dieron cuenta de la entidad de las lesiones padecidas por la víctima, los informes médico-forense y otras evidencias y pruebas reunidas a lo largo de la investigación.
Al brindar su declaración y dar su versión de los hechos, Aguirre reconoció haber empuñado el hacha al momento en que se produjo la herida craneal de su concubina, aunque aduje su falta de intención para causarle la muerte; narrando que estando solo en su domicilio con la occisa, se levantó para cortar leña en el patio de la casa y que al disponerse a tomar impulso con el hacha para descargar el golpe contra un trozo de madera, imprevistamente la mujer se colocó detrás suyo y sin lograr advertir su presencia, el canto del hacha le impactó en la cabeza lesionándola, por lo que de inmediato la levantó y la llevó hasta la cama y luego avisó a su madre y a su hijo, quienes llegaron al lugar, para convocar mas tarde a la policía y la ambulancia.
Sobre la versión dada por Aguirre, el juez del primero voto, doctor Sala –al que se adhirieron sus pares- consideró que la misma se exhibe absolutamente mendaz y no pasa de ser un comprensible intento de menguar su clara responsabilidad en el hecho enjuiciado.
El magistrado argumentó que esta versión resulta ilógica, a estar por la ubicación de la herida, que en descripción puramente física se localiza en la zona del costado craneal (temporo- occipital). “Si se acepta la narrativa de Aguirre, la herida debió ubicarse en la zona frontal o fronto-pariental, ya que los dichos del acusado suponen a la mujer parada detrás del mismo. Además, si la lesión se hubiese producido en el lugar que adujo el enjuiciado (cortando leña), hubiera dejado un rastro de sangre desde allí hasta la cama; el lugar donde encontraron a la víctima su hijo y vecino”, sostiene el juez Sala.
Además, se detectó médicamente el hundimiento del cráneo, lo cual supone la aplicación de una fuerza perpendicular al eje óseo, no admitiéndose tal entidad lesiva cuando la fuerza aplicada resulta paralela o ligeramente oblicua a la zona impactada. Por lo tanto, la entidad de la lesión, “permite inferir razonablemente la necesidad de una fuerza superlativa, que se compadece mucho mas con una descarga directa y voluntaria contra la zona afectada, que con un hipotético impacto producido por un movimiento tendiente a logar mayor impulso para golpear”, sostiene el juez en su voto.

VIOLENCIA INTRAFAMILIAR
Entre otras consideraciones, el fallo alude a los sucesivos hechos de violencia de Aguirre contra su mujer y sus hijos, los que revelan una clara pauta indicativa de que este hecho constituyó otro acto más de la arraigada violencia intrafamiliar y no de un golpe accidental. Asimismo, las manchas de sangre constatadas en la almohada de la cama donde fue hallada la víctima, demuestran que la misma estaba acostada al momento de recibir el golpe y que perdió el conocimiento como producto del mismo.
Respecto a la calificación penal atribuida, los jueces de la Cámara Segunda coincidieron en señalar que el hecho probado se encuadra en la figura de homicidio calificado por haber sido cometido contra quien el acusado mantenía una relación de pareja; como también, resulta configurado el mismo delito, calificado por mediar violencia de género.
Sobre la pena de prisión perpetua impuesta por el Tribunal, el juez Sala defendió su voto señalando que dicha condena no constituye por sí misma un trato cruel o degradante, toda vez que la reglamentación de la privación de la libertad, basada en un régimen de progresividad que va preparando al condenado para su readaptación social (Ley 24660), se exhibe como claro obstáculo normativo para la inaceptable equiparación propiciada por la Defensa del acusado.
El magistrado señaló que la pena de prisión perpetua resulta una retribución legal para conductas que el legislador argentino ha estimado lo suficientemente graves para merecer una sanción de tal magnitud. “En consecuencia, la división de los poderes del Estado, impone que los jueces nos limitemos a aplicar las leyes vigentes y no, a crear leyes a partir de valoraciones personales o de simples opiniones o ideologías que no se han consagrado legislativamente”, aseveró.


GOLPES Y SOMETIMIENTO
El juicio oral y público Rubén Aguirre sacó a la luz la vida de padecimientos que tuvo que afrontar Andresa Mereles durante el tiempo que duró su concubinato, hasta encontrar la muerte a manos de su pareja el 9 de febrero de 2015.
Los propios hijos de la pareja contaron lo que sucedía dentro de ese núcleo familiar, indicando que Aguirre siempre fue muy violento con todos ellos, y que su madre no podía hacer nada ante el carácter violento de su padre, porque ella era muy sumisa, muy tímida y no tenía documento. Recordaron que su padre le pegaba a su mamá con un palo de escoba, que le estiraba del pelo y hasta llegó en una oportunidad a amenazarla con un cuchillo que raspaba por la pared, lo cual motivó que la mujer con sus hijos buscaran protección en un bananal hasta el amanecer. Describieron que su madre trabajaba en la chacra para dar de comer a ella y a sus hermanos, que su padre no trabajaba y que se enojaba con su madre cuando ésta última le negaba dinero, para que el acusado tomara bebidas alcohólicas con sus amigos.
Los hijos de la pareja relataron episodios de violencia desplegados por el acusado contra la occisa y sus propios hijos, rememorando que cuando su madre quedaba dormida por los efectos de bebidas alcohólicas, el acusado le ponía pimienta en sus partes íntimas, lo cual fue observado por la hija menor de la pareja. También recordaron que en otra oportunidad Aguirre incendió la casa con las pertenencias de Mereles que estaban adentro.
Los testigos también contaron que en varias ocasiones su madre concurrió a la policía con moretones en la cara y toda hinchada, y los policías le decían que se vaya al hospital.
También quedó acreditado que Aguirre llegaba borracho a su casa y le pegaba a su pareja aduciendo sin motivos, que ella había estado con otro hombre. Que otra vez, una de las hijas menores fue defendida por su madre ante la violencia de su padre contra su persona y éste le pegó a su progenitora nuevamente.
Los sucesos de violencia física aplicada por el hombre contra los integrantes de su familia eran constantes, incluso traía a su casa a sus amigos a ingerir bebidas alcohólicas y luego en rapto de celos, golpeaba a su concubina
Todos estos testimonios exhibieron el claro sometimiento que padecían la víctima y sus hijos en relación ahora condenado Rubén Aguirre en la cotidianidad familiar.
De las pruebas reseñadas, el Tribunal concluyó que el enjuiciado era una persona violenta con toda su familia, pero especialmente con su esposa a quién maltrataba físicamente por cualquier escusa arbitrariamente elegida por el propio Aguirre.
Este cuadro familiar vulnerable, con claros niveles de violencia intrafamiliar, evidencian el sometimiento de la mujer hoy fallecida, a los arbitrios y comportamientos agresivos de su concubino.
Por su parte, la jueza Taboada justificó el agravante aplicado de violencia de género, señalando que quedó demostrada la existencia de una marcada asimetría de poder, con clara posición de control y de dominio ejercido por el hombre, basada entonces en la desigualdad de trato y una relación asentada en el sometimiento de la mujer a los designios del dominador, seguramente actuando por preconceptos culturales aprendidos de la vieja usanza y arcaica percepción machista, de concebirse en una posición superior al de la mujer con evidente tinte discriminativo de género, a tal extremo de creerse con el derecho de decidir sobre el destino existencial de su consorte, acabando con su vida como acto final de dominación.

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