DEPENDENCIA CULTURAL

DESTACADOS 24/07/2017 Por
De tanto en tanto, algún medio nacional manda a un periodista a Formosa y replica luego en sus páginas su visión de lo que es esta parte del país, generando aplausos desde la oposición y rechazos desde el oficialismo. Los primeros sacan pecho porque los adjetivos utilizados por el colega están alineados con sus prédicas históricas, mientras los otros recurren al ejército de respuestas de siempre, intentando sino eliminar, al menos menguar los efectos del bombardeo foráneo
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Gildo Insfran, en una mirada papal. (Montaje de OPINIÓN CIUDADANA)

Los pocos medios locales que exhibimos una mirada contestataria con muchísimos aspectos de la administración que encabeza Gildo Insfran hace más de dos décadas, hemos repasado frecuentemente las mismas descripciones que el hombre de La Nación plasmara en la edición de este domingo bajo el título “Formosa: el reino implacable del todopoderoso Gildo Insfrán”.
“Lleva 22 años consecutivos como gobernador, en los que ha avasallado todas las instituciones; es una de las provincias más pobres y vive bajo el flagelo de la corrupción y el narcotráfico”, sostiene en la bajada de su nota.
Y redondea, sobre Insfran, antes de estructurar el cuerpo del texto periodístico, tan extenso como intenso y rebosante de duros calificativos: “Insfrán no sólo acumula cinco períodos consecutivos. Con mano dura, persecución a la oposición y a la prensa, y avasallamiento de todas las instituciones, es el gobernador con más poder. Y, según innumerables fuentes, uno de los más ricos. Muchos lo comparan con un señor feudal. También es llamado patrón y dictador. Para otros, sencillamente Formosa es una provincia con dueño”.
Este lunes, Roberts fue entrevistado por una radio local y reveló que la peor imagen que se llevó de Formosa, tras una semana de estadía, fue el convencimiento de las consecuencias de esta forma de manejar la cosa pública: “Hay un sistema de dominación de un tipo que tiene la suma del poder público”, sintetizó.
La mirada del redactor no debiera sorprender a nadie, incluida la mayoría que se alista tras el falso ideario del proyecto de provincia que promueve Insfran. Ni hablar de quienes salieron a vitorear la construcción discursiva del escriba porteño.
Parece ridículo que deba venir un periodista de afuera para confirmar una realidad tan clara como demostrable, pero que tiene a una amplia mayoría aceptándola como un esquema de gobierno plagado de virtudes. Y capitaneado por un hombre muchas veces instalado como una especie de Dios pagano que tan sólo se limitó a usar los recursos públicos en favor de una imagen y un discurso, completamente vacíos de contenido, aunque sostenido con la energía que imponen los bufones, bien remunerados para cumplir su quirúrgico rol.
Muchos periodistas, hemos invertido cientos de horas, kilómetros de viajes, interminables entrevistas y sorprendentes situaciones para tratar de convertir en real lo que se presenta distorsionado. Por eso lo de Roberts no es ninguna sorpresa; en todo caso, resulta saludable que la mirada foránea confirme la prédica local, de tantos años. Sobre todo, porque uno también puede terminar cayendo en el delicado abismo que naturaliza todo lo malo hasta considerarlo bueno, sólo por verlo tantas veces y, porque, en definitiva, una mayoría lo avala cada dos años.
Formosa es lo más parecido a ese imponente hospital que Gildo Insfran inauguró hace poco en un pueblo del interior, jactándose de que se trata de la obra número 1938 que inaugura en su gestión, pero de la que nada dirá, jamás, sobre la falta de médicos, equipamientos y medicamentos para dotar a la millonaria inversión; la misma que en todos estos años se adjudicó como propia, pero que recién ahora es presentada como nacional.
Una dependencia cultural, sin dudas, pero que responde a uno de los tantos efectos que construyó este gobernante para armar el esquema de dependencia en que basa su permanencia.
Tal vez, el nuevo panorama político sirva también para que la sectorial creencia de que no hay quien reemplace a Insfran deje de germinar, para aspirar a un escenario mucho más real, participativo y necesario, como el que necesitan casi 500.000 argentinos para vivir de cara al sol, despejando para siempre una oscura etapa que ya consumió a casi tres generaciones.
Como ha estado ocurriendo desde finales de la Segunda Guerra Mundial, la dependencia cultural se ha convertido en limitantes de las sociedades dependientes, las cuales aprueban las creencias y tecnologías que se generan en países identificados como “más avanzados"; esto permite que esas sociedades vivan en función de las potencias, haciendo que de esta manera se fomente la dependencia cultural, lo cual reduce todo aspecto de crítica social.
Invirtiendo los actores, Insfran es quien baja sus líneas políticas potenciadas por los recursos públicos que administra, los mismos que al cabo de algún tiempo terminan imponiéndose como verdades irrefutables, menguando o eliminando la capacidad reflexiva. Hoy, una gran parte de la sociedad es la consecuencia de esa verdad implantada.

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