Informe presenta a Formosa como la provincia más “feudal” del país

LOCALES 07/09/2015 Por
Una serie de variables permite establecer una tabla de calidad institucional de las provincias. Diferencias en la misma región. Córdoba, en el medio.
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Gildo Insfran

Tras las elecciones tucumanas, realizadas hace más de dos semanas, el pa­sado volvió a prestarle palabras al presente: los opositores hablaron de “feudalismo” para referir­se al orden político que supuestamente rige en la provincia de Alberdi.
No se referían, estrictamente, a que en Tucumán exista una sociedad pre capitalista, ordenada en estamentos de nobles y siervos, con cargos hereditarios y una aristocracia con amplios grados de autonomía para hacer su capricho siempre que tributen a un emperador o emperatriz, a quien eventualmente se puede traicionar. Pero casi. No en vano se tomó prestada del pasado esa palabra y no otra.
En todo caso, quienes usaron la idea aludían a una sociedad empobrecida, vulnerable al clientelismo de un poder político que se perpetúa en el poder. Si es necesario, con irregularidades electorales que para algunos constituyen fraude.
¿Tucumán es muy distinto al resto de las provincias ar­gentinas?
Es cuestión de cómo se mire. Nuestra selección de unas pocas variables –dictadas por el sentido común que odian los cientistas sociales– muestra un ­degradé.

VULNERABILIDAD
Existen cuatro variables en cada provincia. La primera es el porcentaje de la población de 20 a 64 años de edad que trabaja en el sector privado y en blanco. Se supone que una población como la formoseña, en la que sólo el 8,8 por ciento trabaja en esas condiciones, es más vulnerable a la dependencia del poder estatal: trabaja para algún nivel del Estado, para un patrón privado hundido en la informalidad o en autoempleos precarios, o bien está desocupado o sumido en una marginalidad en la que será más difícil cumplir los ideales del ciudadano burgués.
En esa escala, la más “moderna” parece ser la Ciudad de Buenos Aires, donde las esta­dísticas de la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses) muestran que allí hay una cantidad de empleados privados en blanco equivalente al 89,9 por ciento de los porteños en condiciones de trabajar. La cifra está distorsionada: una cantidad desconocida de esas personas trabaja en la Capital Federal pero vive en el conurbano.
Contrario a lo que se piensa, después de la Capital, los distritos con mayor incidencia del sector privado son los patagónicos, 
con Tierra del Fuego, Santa Cruz, Chubut y Río Negro a la cabeza.
Córdoba está por encima del promedio, pero no por mucho, con el 25,5 por ciento, en un pelotón que también forman Mendoza y Santa Fe.

PODER DE FUEGO
Otra cuestión es cuánto poder tiene cada gobierno para incidir sobre sus ciudadanos.
La cantidad de dinero que puede gastar por cada habitante es un indicador posible. Según las ejecuciones presupuestarias de 2013, tomadas del Ministerio de Economía de la Nación, acá sobresalen los distritos patagónicos, beneficiados por la Coparticipación y normas especiales (como, en general, los del noroeste y el noreste), pero también por regalías petroleras y beneficios fiscales de todo tipo.
La gobernadora de Tierra del Fuego pudo gastar en 2013 45.460 pesos por cada fueguino, mientras Daniel Scioli sólo pudo disponer de 9.111 pesos (acá también hay una dis­torsión).
Contrario a lo que se piensa, no todos los distritos de la misma región tienen iguales condiciones. De hecho, el gobernador José Alperovich no es de los mandatarios con más poder de fuego sobre sus votantes. En 2013, pudo gastar sólo 11.428 pesos por tucumano. Menos que José Manuel de la Sota (13.030 pesos) o el santafesino Antonio Bonfatti. En situaciones similares están Salta o Misiones. Si allí hay feudalismo, se asienta más 
en la vulnerabilidad de los siervos que en la alcancía de sus nobles.
Pero la regla se cumple: Catamarca, Formosa, La Rioja o Chaco están bien por encima de la media, y sus gobernadores tienen una buena cantidad de dinero para operar sobre poblaciones que, a la vez, son muy dependientes de ellos.

CRISTALIZACIÓN
No se sabe cuál es el huevo o 
la gallina: ¿son la vulnerabilidad social y el poder del gobernante los que determinan la perpetuación en el poder? ¿O es al revés?
Lo cierto es que a la foto se pueden agregar dos variables básicas: por un lado, las normas constitucionales que ­frenan o no las reelecciones; 
por el otro, la propia historia: ¿han sido estas sociedades capaces de alternar o no sus gobiernos?
Al tope de estas dos variables, hay sólo dos provincias: Formosa y Santa Cruz. Ambas admiten la reelección indefinida y ninguna de ellas cambió jamás el signo político de sus gobiernos desde 1983. Siempre las gobernó el peronismo.
En las antípodas, están Santa Fe y Mendoza. Allí, los gobernadores no pueden ser reelegidos (ni una, ni dos ni tres veces, como en Santiago del Estero) y ha habido gobiernos de signos diversos (no como, por ejemplo, en Catamarca, donde los gobiernos cambiaron, pero a veces sólo después de una intervención federal).
Pese a las varias sor­presas, el resultado final se parece bastante al esperado. Cuando se suman los “puntajes” obtenidos por cada distrito, los que ocupan el podio de esta “feudalidad” construida de manera elemental son Formosa, Catamarca, La Rioja, Chaco, La Pampa (a esa nadie se la esperaba) y Santiago del Estero.
En cambio, en la tabla de la “modernidad” empatan Santa Fe y Mendoza, seguidas por Buenos Aires, Córdoba, Ciudad de Buenos Aires y Río Negro.

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