Por qué en estos 70 años ningún presidente no peronista pudo terminar su mandato

NACIONALES 17/10/2015 Por
La caída de De la Rúa, en 2001, explica las razones de esta anomalía argentina. Control de la calle, sindicatos y poderes fácticos. Galería de imágenes.
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De la Rúa subiéndose al helicóptero, luego de su renuncia, en 2001.
En los setenta años de vida del peronismo ningún presidente civil no peronista pudo terminar su mandato: no lo lograron Arturo Frondizi ni Arturo Illia ni —en el retorno a la democracia— Raúl Alfonsín ni Fernando de la Rúa.
El no peronismo puede ganar elecciones, pero en estos setenta años no ha sido capaz de garantizar la gobernabilidad, que es la obligación número uno de un grupo político.
¿A qué se debe? La caída de De la Rúa es el fracaso más reciente del no peronismo y, según señalo en mi libro Doce Noches, muestra algunas de las razones de esta anomalía, que es uno de los datos salientes de nuestro sistema político.
Por un lado, De la Rúa no era el líder de su propio espacio político; Alfonsín seguía siendo el jefe del radicalismo, uno de los partidos que formaba la Alianza. Y en la Argentina, al menos hasta ahora, no hay lugar para dos: el presidente tiene que ser también el líder político del grupo gobernante.
Además, el no peronismo considera que el poder político circula solo en las instituciones republicanas: los partidos, el Congreso, etcétera. Y eso está muy bien, aunque en nuestro país también hay que controlar lo que sucede en la calle, en los territorios.Eso los peronistas lo saben muy bien, tal vez porque el Movimiento fue fundado por un militar, el general Juan Perón.
El control de los territorios se vuelve fundamental. Los saqueos en el Gran Buenos Aires, que tanta influencia tuvieron en la caída de De la Rúa, fueron organizados por punteros políticos del peronismo ante la pasividad del gobierno central.
Al no peronismo le cuesta entender la política real; en consecuencia, no suele llevarse bien con los poderes fácticos. Con los sindicatos, por ejemplo. Desde el punto de vista teórico, el punto de vista es muy correcto: los gremios no deberían hacer política partidaria.
Pero, en este país los gremios son peronistas. Y cuando el peronismo pierde en las urnas, suele refugiarse en los sindicatos, que se vigorizan como la columna vertebral del Movimiento.
Es por eso que Alfonsín tuvo trece paros generales y que De la Rúa sufrió siete en apenas dos años y diez días de gobierno. Y que, luego, el peronista Eduardo Duhalde no fue afectado por ningún paro general a pesar de la mega devaluación del 240 por ciento en 2002, que derivó en una caída en el salario real del 25 por ciento.
Los asalariados perdieron un cuarto de su poder de compra, pero los gremios no dijeron ni “mu”. “Los sindicatos se portaron diez puntos, no hicieron ningún lío”, me dijo el ex ministro de Economía Jorge Remes Lenicov, quien considera que esa actitud fue clave en la salida de la gran crisis.
En realidad, los sindicatos constituyen uno de los varios rostros que el peronismo adopta cuando está en la oposición: durante el gobierno de De la Rúa, había un peronismo en el Senado, otro en Diputados, un tercero en las gobernaciones de las provincias mayores y un cuarto en las gobernaciones más chicas.
A través de cada uno de estos rostros, el peronismo se relacionaba con la Casa Rosada de manera distinta y cambiante. La oposición no tenía una sola voz y eso dificultaba, lógicamente, la tarea del gobierno de la Alianza.
Pero, cuando percibieron que podían volver al poder, todos estos grupos —no sin tensiones internas— aceleraron y por lo menos empujaron al tambaleante gobierno de la Alianza. El fracaso de De la Rúa fortaleció la máxima de que la Argentina solo puede ser gobernada por el peronismo.
Sin embargo, en los últimos años esta idea se debilitó al punto que se fue consolidando una candidatura no peronista competitiva, la de Mauricio Macri.
En simultáneo, ya no es tan seguro que, si gana las elecciones, el oficialista Daniel Scioli podrá asegurar la gobernabilidad ni tampoco a qué precio podría lograrlo. Es decir, si podrá poner en caja a la presidenta saliente, Cristina Kirchner, y sus envalentonados partidarios, que aseguran, en privado, que “se van del gobierno pero no del poder”.
La gobernabilidad es un problema recurrente cuando las instituciones son débiles.

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