El PJ busca sepultar al kirchnerismo para volver a la escena política

NACIONALES 31/01/2016 Por
Cada vez más dirigentes del peronismo dan señales para despegarse del espacio que guió al partido en los últimos años
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Los gobernadores peronistas se reunieron en San Juan para plantear reclamos al Gobierno.
El peronismo se despereza. Lento y ocioso todavía, empezó a dar los primeros pasos para quitarse de encima al kirchnerismo, que gobernó 12 años a su antojo, en su nombre y con su anuencia, y a poner distancia con ese pasado que ayer fue jubiloso y hoy es ominoso. Ya lo hizo con el menemismo, que no opuso resistencia, al contrario de lo que indican los pronósticos en el caso K.
El despegue que encara el PJ, despegue en este caso no es sinónimo de alzar el vuelo sino de no seguir pegado, tiene ribetes picantes, casi de vodevil. Legisladores como Miguel Ángel Pichetto, que acató de buen grado los humores, caprichos y delirios de la ex Presidente, que manejó con mano de hierro al bloque de senadores peronistas y les hizo aceptar lo inaceptable, se ha permitido una leve y ruidosa crítica a la gestión, que antes avaló, del ex ministro de Economía Axel Kicilof, niño mimado de Cristina Kirchner. La osadía le valió un reto furioso de Máximo Kirchner, pero nada más.
Con Pichetto y sus respetuosos aires rebeldes coinciden los gobernadores peronistas y los intendentes bonaerenses no alineados hoy con el kirchnerismo ni con su vanguardia, La Cámpora. Por esa insurrección casi colegial, nadie pagó hasta ahora un precio más caro que el descontento de la ex presidente y de los ultra K.
Los formalismos casi reverenciales y pulcros con los que el PJ intenta dejar atrás al kirchnerismo, a su carga de corrupción y de ataques a los derechos individuales, tienen ribetes de una ternura casi extinguida en el peronismo, que suele ser más franco y crudo en este tipo de adioses. La fórmula Pichetto seguida por los gobernadores dice algo así como: reconocemos los logros y los adelantos alcanzados desde 2003, pero el PJ precisa una renovación. Esto es: el plato estuvo muy rico, pero ni se les ocurra que voy a repetir.
Este lento despertar del PJ coincidió con una imprudencia del presidente Mauricio Macri y una apreciación extraña de Daniel Scioli. Las actuales andanzas del ex gobernador de Buenos Aires y ex candidato a presidente viran un poco al anacronismo: sigue de campaña. Responde críticas, visita a figuras del deporte y de la farándula, va a saludar a intendentes K, se mueve en general como si aún le faltara conquistar los votos que no supo conseguir el pasado 22 de noviembre. Por falta de capacidad, por falta de voluntad o por falta de argumentos, sigue atado al kircherismo y a su cuestionada gestión en la provincia de Buenos Aires, a la que dejó prácticamente quebrada según denunciaron sus nuevas autoridades. Si así espera evitar su ocaso político, sólo demuestra una falta de reflejos rara en un hombre que ha dedicado buena parte de su vida al deporte.
Encandilado por la experiencia vivida en el Foro Económico Mundial de Davos, al que fue acompañado por el líder del Frente Renovador, Sergio Massa, el presidente Macri sugirió que Massa podía ser el nuevo líder del PJ. Un exceso verbal, y acaso de optimismo, que bien se podría haber ahorrado, si es que no fue meditado, y que no le trajo mayores consecuencias, porque el peronismo está precisamente en estado de bostezo. Scioli se enfureció y respondió al Presidente con una observación amenazante, la misma del almirante japonés Isoroku Yamamoto después de bombardear Pearl Harbor en 1941: "Ha despertado a un gigante que es el peronismo", dijo Scioli de Macri. Una buena frase. La pregunta es ¿dónde estaba Scioli cuando el gigante peronista dormía?
La incipiente rebeldía peronista contra el kirchnerismo -hasta Estela de Carlotto reveló "Cristina no es mi amiga"- tiene otro punto en común: el destino carcelario de la activista jujeña Milagro Sala. La señora Sala está presa acusada de asociación ilícita y la Justicia pretende averiguar, entre otras cosas, el destino de 29 millones de pesos destinados a hacer obras: las obras nunca se hicieron y los millones se esfumaron.
Figuras de muy diferente color y estilo político como Elisa Carrió, el gobernador jujeño Gerardo Morales, y los dirigentes sociales Carlos "Perro" Santillán y Raúl Castells denunciaron a Sala por "ladrona" y por haber introducido la narcopolítica en Jujuy. Más allá de esas denuncias, algunas ratificadas en la Justicia, Sala también fue acusada por la gente a la que supuestamente benefició según su arbitrio, gusto y beneficio político personal, sostenida siempre por grupos de matones armados. Esas voces revelaron un entramado oscuro y acaso sangriento, hay denuncias de hechos de violencia que involucran a Sala, al que no fue ajena la gestión del anterior gobernador K Eduardo Fellner. Por lo pronto, hay dos ex funcionarios de Fellner detenidos: Pablo Tolosa y Marta Gutiérrez, del Instituto de Vivienda jujeño.
Los indicios sugieren, es una mera presunción, que la actividad de la señora Sala, y ella misma más que su actividad, han estado alejadas de los principios que Alexis de Tocqueville imaginó para una democracia perdurable en América, lo que no sería delito: Sala está presa acusada de asociación ilícita y defraudación, acusación que podría extenderse a la de narcotráfico. Los gobernadores del PJ, sobre todos los del norte, y los legisladores provinciales se apartaron de modo veloz de Sala y cuestionaron sus métodos de "solidaridad social" y, por carácter transitivo, a quienes la ampararon, impulsaron y protegieron: la ex presidente Cristina Kirchner y La Cámpora.
Un acampe en la Plaza de Mayo ha elevado a la señora Sala a la categoría de perseguida política. La protesta está auspiciada por la organización que preside, Tupac Amaru y por los jóvenes "camporistas", además de por organizaciones de izquierda. Que La Cámpora y Túpac Amaru defiendan a Sala es lógico: fueron sus sostenes y, si se prueban los delitos de los que está acusada, serán sus cómplices, indirectos en el mejor de los casos. Que la izquierda argentina, sólo para oponerse a un gobierno al que tal vez con certeza identifica con la derecha, apañe y defienda la corrupción y el delito, habla del viraje fatal que ese sector del pensamiento político le ha dado a su impronta, viraje que encuentra su fiel de la balanza cada vez que hay elecciones. Hubo una época, acaso no tan lejana, en la que la izquierda defendía otros valores. Los unos y los otros, mezclados en el acampe, expresan una hipocresía social que no se cura sólo con la renovación de un partido y ni siquiera con la de un sistema político.
Si el Poder Judicial se toma su tiempo para investigar la corrupción en los funcionarios, los que lo son y los que los fueron antes, o cambia de humor y de doctrina cuando cambian los huéspedes en la Rosada; y si la prisión de una activista denunciada por decenas de personas, da a luz la fábula de la persecución política, es difícil precisar el real alcance del principio de igualdad de los ciudadanos ante la ley.
La oposición a una gestión de gobierno es el alma del sistema democrático. Cristina Kirchner debió saberlo antes de descalificar a sus críticos y denunciarlos por golpistas, junto al gigantesco coro de alcahuetes que la rodeó, pagados con dinero público. Pero oponerse a un gobierno no implica tolerar o defender ni violencia ni la corrupción, ni disfrazar de persecución política una simple investigación judicial en marcha.


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