En julio, Formosa podría verse afectada por la peor inundación en tres decadas

DESTACADOS 16/02/2016 Por
Si el fenómeno de El Niño se comporta este año como lo anticipan especialistas locales en análisis de amenazas naturales, en los próximos meses podría haber más de 100.000 evacuados y tres millones de hectáreas inundadas en seis provincias por la crecida de los ríos Paraná y Paraguay. El recuerdo de 1983, en Formosa.
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1 / 4 - Esta imagen de 1983 muestra las aguas del río Paraguay, sobre la plataforma de la Prefectura. Mas al fondo el Hotel del Turismo; a la derecha el desaparecido boliche La Casona.
Las lluvias que se esperan hasta julio y los picos de crecida de las aguas serían 10 veces mayores que las de la última inundación por el desborde de los ríos Paraná, Paraguay -con sus afluentes- y Uruguay. Esta emergencia afectó a unas 16.190 personas en cinco provincias de las más golpeadas por el dengue.
Ahora, los especialistas consideran que las próximas inundaciones podrían ser peores que las de 1983, con 130.000 evacuados.
La proyección forma parte de un informe del equipo técnico de la Secretaría de Protección Civil y Abordaje Integral de Emergencias y Catástrofes del Ministerio de Seguridad de la Nación, que se presentó a fines del mes pasado en Casa de Gobierno. Fue la primera reunión del gabinete nacional del Sistema Federal de Emergencias (Sifem) desde su creación, hace 17 años, según afirmaron a LA NACION.
El fenómeno de El Niño - Oscilación del Sur, "es uno de los tres más fuertes en los últimos 50 años, comparable a los ocurridos en 1983 y 1998. Se prevé que nuestro territorio se vea afectado hasta julio de 2016, con un pico máximo de afectación entre marzo y abril", anticipa el informe al que accedió LA NACION.
De cumplirse lo previsto, las provincias más expuestas serán Formosa, Chaco, Santa Fe, Buenos Aires, Corrientes y Entre Ríos. Esta vez, los problemas alcanzarán a las localidades cercanas a los ríos Uruguay y Paraná y del interior de las provincias con lluvias intensas y desbordes de ríos y arroyos tributarios de aquellos que conforman la Cuenca del Plata.
"Pensamos que este fenómeno de El Niño puede llegar a ser similar o tal vez peor que el de 1983, que es uno de los peores registrados que tenemos. Si es similar, aunque las ciudades están algo más robustecidas o resilientes con sus defensas, también hay más población. Así que podemos estimar que habrá entre 120.000 y 130.000 evacuados (más de 140.000 en el pico máximo de afectación), con una gran pérdida en la producción ganadera y cultivos en más de tres millones de hectáreas que quedarán bajo el agua", resume Emilio Renda, secretario de Protección Civil y Abordaje Integral de Emergencias y Catástrofes.
Comenta, también, que se están trasladando a zonas más altas unos dos millones de cabezas de ganado bovino en las zonas más vulnerables, como las islas y las áreas más inundables de la cuenca.
Junto con Oscar Moscardini, titular de la Dirección Nacional de Análisis de Riesgo, presentaron el informe ante los representantes de unos 50 organismos federales que integran el Sifem, como ministerios, instituciones de seguridad, Fuerzas Armadas e institutos técnicos y científicos. En esa reunión, también se acordó un fondo de 250 millones de pesos para asistir a las provincias durante la atención de la emergencia o la catástrofe, no en la reconstrucción.
Entre las distintas amenazas naturales latentes en el país, "lo más inmediato es la inundación en la Cuenca del Plata. En los próximos meses seguiremos viviendo con aguas altas, con picos de crecida que la transformarán en un evento muy duradero y de bastante alto impacto con la crecida en la cuenca del río Paraná-Paraguay y los tributarios menores", explica Moscardini.
Su tarea parece simple cuando la describe. De él depende nada más ni nada menos que identificar los escenarios de riesgo, es decir, los problemas a los que podrían estar expuestos la población, los recursos naturales, el medio ambiente y la producción.
"Básicamente, cada escenario tiene, en general, una amenaza, un área geográfica que afectará y la población vulnerable. Si los estudiamos y los interrelacionamos podemos definir escenarios para distintas amenazas en el territorio nacional en el mediano y el largo plazo -explica-. Después, está la formación de redes de alerta y la capacidad de que aporten información en el corto plazo para facilitar el trabajo operativo en el campo. Si salimos a recorrer en la emergencia para saber qué pasa, no sirve."
El que sale en ese momento será el encargado de evaluar los daños y tomar medidas complementarias de asistencia. Eso es responsabilidad de Daniel Russo, subsecretario de Protección Civil del mismo equipo técnico, con oficinas en el barrio porteño de San Cristóbal.
Ahí, desde los primeros días de enero, se procesan datos, se trazan mapas y se cruza información de organismos especializados del país y el exterior. "La información necesaria para anticiparse es de nivel científico y tecnológico muy preciso. En este momento, y para la emergencia que implica el fenómeno de El Niño en la Argentina, solamente hay una docena de organismos científicos que nos están aportando información -cuenta Moscardini-. Para la Cuenca del Plata diseñamos un protocolo de manejo de la información antes de la emergencia y prever qué organismos deberán aportar la información para el análisis de riesgo final."
De hecho, la amenaza es tan alta que "Inundaciones en la Cuenca del Plata" fue el primero de los nueve protocolos de acción redactados. "Es el evento que mayor impacto económico y social tiene para el país", sostiene Renda. "La Cuenca del Plata es el 60% de nuestro PBI", aclara Moscardini.

ALTO RIESGO
Este año, a diferencia de otros, las lluvias y las crecidas que se anticipan ocurrirán en cursos de agua con niveles de alto riesgo. "Llevamos más de 60 días con el agua por arriba del nivel de altura de evacuación en la transversal Barranqueras-Corrientes y en este momento está por arriba del nivel de evacuación. No crece, pero tampoco baja -precisa Moscardini-. Todo parece indicar que a mediados de febrero habrá nuevos picos de crecida en un Paraná con aguas altas, lo que generará nuevas crecidas en los puertos. Necesitamos que la población esté atenta y confiar en que se tomarán las mejores decisiones posibles."
Renda asegura que las provincias ya cuentan con información de alta precisión y con el tiempo suficiente como para que la población abandone los lugares de riesgo. Y Russo insiste: "Necesitamos que si se les pide que abandonen un lugar, lo hagan. Entendemos el miedo que tiene la gente de que les roben las casas o de perder sus cosas, pero es necesario que comprenda que cuando personal militar o policial le pide que evacue, lo haga, porque hay riesgo de vida".
Los tres coinciden en que, a diferencia de sus experiencias con autoridades provinciales y nacionales que optaron por no reaccionar frente a las alertas, esta vez difícilmente se repita, por la magnitud del efecto previsto. "La protección civil de un país también demuestra su calidad institucional porque habla de su capacidad de mirar hacia adelante", sostiene Russo.

LA PEOR DE TODAS
Sin lugar a dudas, las peores inundaciones que sufrió la ciudad de Formosa fueron la de 1983.
A fines de abril de 1983 las marcas del Río Paraguay registraban en el puerto formoseño 8,90 metros de altura. Las provincias de Santa Fe, Misiones, Corrientes y Chaco, ya estaban en emergencia desde hacía casi un mes, incluso el puerto de Barranqueras había desaparecido bajo las aguas que no paraban de crecer.
Como la situación se hacía incontrolable, Formosa fue declarada en estado de emergencia, las aguas del Paraguay habían sobrepasado los 9 metros y el desastre comenzó a acentuarse, primero en las zonas isleñas y ribereñas; y después en los barrios periféricos de la capital y localidades cercanas, rodeando amenazante los centros poblados sin defensas, sin elementos válidos que pudieran hacer frente a semejante desborde.
Luego, todo fue indignación y tristeza. Las aguas ya habían arrasado localidades como Clorinda y Herradura; había cortado rutas y caminos y todavía venía por más.
Entonces, tanto en capital como en Clorinda, comenzó la desesperada construcción de las obras de defensa de costas rodeando el casco urbano, construidas sobre los perímetros más altos con tierra compactada traída en camiones que operaban sin descanso y apilada por maquinaria vial, formando una barrera de contención, en un trabajo demoledor que implicó el movimiento de 340 camiones y 119 equipos pesados entre las dos ciudades, el traslado de más de 1.000.000 de metros cúbicos de tierra y el trabajo solidario e incansable de miles de brazos anónimos que día y noche reforzaban los terraplenes con bolsas de arena, clavando estacas, presentando pelea para salvar lo de todos. Pero el río no dejaba de crecer, siguió avanzando y pasó la marca de los 10 metros sin intención de detenerse. En el puerto local, la actividad era incesante, miles de familias evacuadas con las pocas pertenencias que podían rescatar eran asistidas por cuanta embarcación estaba disponible, como el arenero Capri VI, que en incansables viajes trasladó la poblaciones cercanas como Alberdi, en Paraguay, y de los sectores isleños más comprometidos; o el buque de la Armada 'Piloto Alsina', que sirvió de alojamiento y asistencia a cientos de familias damnificadas.
El 31 de mayo de 1983, el río llegó a su marca máxima: 10,73 metros; manteniendo a la ciudad de Formosa en el peor de los caos: las escuelas, transformadas en centros de evacuados, las clases suspendidas, los servicios básicos prestados con deficiencia, supermercados desabastecidos, comercios que cerraban, productores que perdían todo, y más de 10.000 formoseños que decidieron irse de una provincia que, de pronto, les daba miedo.
Pero muchos se quedaron; ayudaron a distribuir alimentos, ropa y medicamentos entre los más de 75 centros de evacuados dispersos en toda la ciudad, para reforzar la esperanza de las barreras de contención, para colaborar con Defensa Civil, Cruz Roja, Prefectura, Aeronáutica, Ejército y Gendarmería en lo que fuera necesario, para tratar de salvar lo que les pertenecía y luchar hasta lo último en una suerte de batalla personal para vengar la desgracia de casi 70.000 damnificados por las aguas de un río que no perdonó, que fue implacable y que se cobró con creces la imprudencia humana.
Para mediados de junio, el agua comenzó su franca retirada, se había calmado, al final se dio por vencida. Dejó atrás desolación, tristeza, sueños perdidos y, para muchos, un irremediable volver a empezar; también dejó en la memoria el recuerdo del trabajo solidario de un pueblo que decidió no entregarse y pelear para salvar sus bienes y su dignidad.

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