Formosa, con F de Fascismo

LOCALES 25 de noviembre de 2021 Por Javier Boher
El caso del docente intimidando al alumno muestra hasta qué extremo la escuela, el Estado, el partido y el líder son un todo indivisible en la decadente provincia norteña.
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Si hay un término frecuentemente mal utilizado en política, ese término es fascismo. Poco a poco se fue desvirtuando, al punto de que se usa para cualquiera que piense distinto. Cualquier cosa que no coincide con el propio pensamiento pasa a ser “de facho”, en una actitud que contradice enormemente la lógica liberal de la convivencia democrática.
Aunque cada tanto veamos algunos ejemplos de actitudes reñidas con la democracia, esos espasmos autoritarios no alcanzan para hablar de fascismo, algo que no debe mezclarse -tampoco- con el odio racial que copió del nazismo, acaso uno de los ejemplos paradigmáticos de cuando el autoritarismo muta en totalitarismo.
Afortunadamente, en este diccionario de ciencia política a cielo abierto que hemos dado en llamar Argentina siempre podemos encontrar ejemplos para todas y cada una de las definiciones que se necesitan para comprender la política. El fascismo, por supuesto, no podía ser la excepción.
Hay ciertos elementos centrales y comunes en las diversas formas de autoritarismo, como el culto al líder, el desprecio por las formas democráticas y liberales o la sumisión del individuo a la masa. Todas esas son parte del fascismo, en el que un partido se convierte en el que monopoliza el control del Estado, convirtiendo las directrices y máximas partidarias en obligaciones de Estado para que respeten los mal llamados ciudadanos.
El partido-estado (que no es exclusivamente el régimen de partido único ni el de partido hegemónico) confunde los límites de la organización partidaria con la organización política estatal. Así, el Estado es lo que dice el partido, y lo que dice el partido es lo que hace feliz al líder. Todos sometidos a una red de comisarios políticos que son agentes del Estado por cuanto son miembros fieles del partido. Todo aquel que se quiere desviar de las líneas marcadas por el líder es rápidamente alcanzado por la red de buchones serviciales al régimen.
A poco menos de cuatro meses desde el escándalo de las filmaciones de la docente desaforada increpando a sus alumnos se viralizaron unos audios con los que un docente intimida a un alumno. Ya no es el “debate que abre cabezas” del primer caso (para usar las palabras con las que el presidente se refirió al hecho) sino de una amenaza frontal un alumno que piensa distinto al docente, al estado, al partido y al líder. Porque esta vez hay una serie de elementos que hablan de un sistema mucho más opresivo que el de aquel otro video.
El caso en cuestión ocurrió en Formosa, la provincia más pobre del país, la que es gobernada hace un cuarto de siglo por la misma persona y en la que hubo centros de detención clandestinos bajo el pretexto de establecer cuarentenas o aislamientos por el covid-19. Nada de todo eso es menor para entender el caso.
El alumno, pasado de edad y en una escuela nocturna, faltó a un recuperatorio de filosofía (paradójicamente, “amor por la sabiduría”) para asistir a un acto de Javier Milei en la capital provincial, lejos de su lugar de residencia. A partir de allí la presión del docente aumentó, dándole a entender que “Gildo te tiene vigilado” y que no iba a aprobar la materia por juntarse con los libertarios.
Además le dijo que él, como chico pobre y trabajador, no tiene por qué andar juntándose con “los oligarcas”, la forma en la que se refiere de manera genérica a cualquiera que abjure de la doctrina del régimen.
Esa confusión entre docente, Estado, partido y líder es lo que permite que el profesor -acaso sin responder a órdenes bajadas desde un cargo jerárquico, sino por la misma naturalización de un orden antiliberal que somete a los individuos al colectivo- se dirija de esa manera al alumno sin caer en la cuenta de la barbaridad que estaba cometiendo.
¿Existe la posibilidad de una educación que no sea adoctrinamiento en un contexto como ese, en el que el docente no repara de la viralización casi segura de esos audios que le envía a un alumno de 19 años que ya lleva al menos dos elecciones votando? ¿qué puede pasar en los jardines y las primarias de los lugares más remotos de Formosa, en los que la ayuda estatal se mezcla con el clientelismo de los punteros y la beneficencia que le atribuyen al gobernador Insfrán?.
Sobran muestras de lo mezclado que está todo. Hace unos años se viralizó una campaña de comunicación en la que salían Insfrán y un alumno de primaria, donde el diálogo imaginario estampado en el afiche era “¿Qué es rendirse, Gildo? No lo sé hijo, soy formoseño”, un acto de nacionalismo provinciano mezclado con culto al líder. Ser formoseño es, desde hace un cuarto de siglo, ser leal a Gildo.
Entrometerse en la vida privada de la gente, determinar desde posiciones públicas y de autoridad con quién está bien o mal reunirse, qué es pensar bien o mal o cómo es correcto o incorrecto vivir, son todas muestras de un autoritarismo que está, ahora sí, en los umbrales del fascismo. Negarle al individuo los derechos que le corresponden en cuanto a su condición de ser único e irrepetible sólo puede terminar mal.

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