El arte de la paciencia en la olla: un viaje de los porotos negros de Brasil al consomé rojo de Jalisco
Hablar de guisos y cocciones lentas es meternos de lleno en el ADN de nuestra América. Hay algo casi hipnótico en poner la pesada olla de hierro al fuego y dejar que el tiempo haga lo suyo, transformando cortes duros en pura manteca. Arrancamos este recorrido con el rey indiscutido de Brasil: la feijoada. Ese guiso negro, espeso, que humea y te tienta desde que cruzás la puerta de la cocina. Es puro poroto negro, carne, panceta y chorizos, todo fundido en un festival que te reinicia el sistema.
Muchos te van a vender el cuento de que viene directo de África, pero la posta es que los porotos negros son bien nuestros, originarios de Sudamérica. Los guaraníes ya los junaban y les decían comandante o comaná. Así que esta receta no es una copia ni una adaptación rebuscada, es la pura identidad brasileña servida en un plato hondo. Te voy a pasar la mejor receta del mundo. ¿Suena a chamuyo? Capaz, pero me la pasó un amigo brasilero de fierro, y ya sabemos que para cada uno de ellos, la versión propia siempre es la definitiva.
Para armar esta maravilla necesitás ser generoso con las cantidades. Nada de andar pijoteando con los ingredientes. Buscate medio kilo de porotos negros, y en la carnicería pedite 250 gramos de chorizo (o morcilla, si te va más ese mambo), un buen corte de lomo en cubos de unos 250 gramos, la misma cantidad de panceta, y unos 300 gramos de costillita de cerdo. A esto sumale el alma del tuco: un pimiento rojo y uno verde, una cebolla, un par de dientes de ajo, un tomate, dos rodajas de naranja (sí, leíste bien, dale bola al brasilero) y dos hojas de laurel.
El laburo arranca el día anterior dejando los porotos en remojo unas 12 horas. Ya al otro día, en una sartén, sellás por separado los chorizos, el lomo y las costillas con un chorrito de aceite. Cortás los chorizos en rodajas y el cerdo en cubos. Agarrás los porotos, los mandás a una olla con agua limpia y los dejás que descansen media horita más. Rompés hervor y tirás adentro el cerdo y los chorizos, después el lomo y la panceta; ahí le mandás sal y pimienta a gusto. Cuando el agua vuelva a burbujear, le tirás el laurel y lo dejás tranqui media hora, pegándole una revolvida cada tanto para que no se pegue.
Aparte, te armás un buen salteado con la cebolla, el ajo, el tomate y los pimientos. Todo eso lo sumás a la olla grande junto con las rodajas de naranja. Fuego fuerte por 25 minutos y, cuando el poroto ya esté tierno, bajás la hornalla al mínimo y lo dejás 20 minutos más. El punto exacto, ese momento en el que sabés que triunfaste, es cuando el caldo te queda bien cremoso y las carnes se deshacen. Servilo con arroz blanco y farofa (esa mezcla gloriosa de harina de mandioca, manteca y cebolla salteada). Un bocado de esto y estás caminando por el Amazonas, San Pablo o alguna playa del Nordeste.
Pero el viaje no termina en la costa. Si la feijoada te abraza con su pesadez reconfortante, México te agarra del cuello con la birria. Originaria de Jalisco, la birria es un guiso que te vuela la cabeza: un caldo rojo, picante y profundo donde la carne queda tan tierna que se deshilacha sola. Tradicionalmente se hace con chivo o cordero, pero acá vamos a ir con carne de vaca. El secreto de todo esto no está solo en el corte que elijas, sino en el consomé.
Vas a necesitar técnica, pero el esfuerzo real es mínimo. La clave para que el caldo tenga ese perfil terroso y picante es mezclar chiles secos: yo uso 6 guajillos, 2 anchos y unos 10 de árbol (guardate 4 de estos últimos para el final). Tostalos un toque en una sartén en seco, un par de minutos nomás, hasta que empiecen a largar ese aroma tremendo que te inunda la casa. De ahí los pasás a un bowl con tres tazas de agua hirviendo por 20 minutos para que se hidraten bien y queden joya para licuar.
En esa misma sartén donde tostaste los chiles, sin una gota de aceite, poné a tatemar (que es básicamente quemar un poquito los bordes) 5 tomates bien maduros, una cebolla grande trozada y 3 dientes de ajo. Dejalos unos 15 o 20 minutos dándolos vuelta. Ese quemadito es puro umami, no lo saltees. Para la carne, mandate con casi un kilo de algún corte duro que se banque el fuego lento, como un buen roast beef, paleta o pecho, cortado en pedazos de un par de centímetros. Si querés improvisar, cualquier corte para guiso rinde. Y si no conseguís los chiles exactos, podés jugar con lo que haya: un cascabel, un pequin o algún pasilla, todo suma a la causa.
El toque maestro del caldo se lo dan las especias: una cucharadita de comino, otra de orégano mexicano (que es mucho más power y amargo que el que usamos nosotros), media cucharadita de pimienta negra en grano, sal a lo loco, tres cucharadas de vinagre de manzana, y en vez de usar agua suelta, mandale un par de tazas de caldo de carne para levantar el sabor.
Agarrás la olla de hierro fundido, le tirás un par de cucharadas de aceite de oliva a fuego fuerte y arrancás la cocción. Podés hacerla en una olla a presión si andás a las corridas y la sacás en una hora, o dejarla en una slow cooker seis horas, pero a mí dejame con la olla tradicional sobre la hornalla durante dos horas a fuego bajito.
Cuando la carne ya se corte sola con la cuchara, la servís en unos cuencos profundos. Le mandás uno o dos cucharones del consomé por encima y coronás la jugada con cebollita blanca picada bien fina, cilantro fresco y los chiles de árbol triturados que te sobraron para darle ese último golpe de calor. Como en todo buen morfi mexicano, exprimirle un buen chorro de lima es innegociable; esa acidez corta perfecto la grasa y el picante del caldo. Acompañalo con unas buenas tortillas de maíz o tostadas que se aguanten el peso de la carne. Una cerveza bien helada al lado, y sentate a disfrutar de lo que pasa cuando le das tiempo y respeto a una buena olla.